Sábado, 19 de Agosto de 2017 Actualizado: 17:48 h.

La mochila de Jack Kerouac

Reconocido por su prosa espontánea, el escritor estadounidense Jack Kerouac fue el pionero de la 'Beat Generation' junto a sus colegas William S. Burroughs y Allen Ginsberg.
Reconocido por su prosa espontánea, el escritor estadounidense Jack Kerouac fue el pionero de la 'Beat Generation' junto a sus colegas William S. Burroughs y Allen Ginsberg.

Un par de zapatos ajados, siempre los llevo, por si acaso… los pies son importantes cuando el camino es tu única compañía. Dentro de la vieja mochila que acuna en su interior escarchas de sudor e infanticidios de tedio. Mi mochila, ahí está, ahí descansa, en el fondo de este desguarecido armario, cual piel de nutria asesinada o nudo de lana vieja trenzado en los adobes del sueño.

…veo un mundo de jóvenes errantes con mochilas,

Vagabundos del Dharma que se niegan a obedecer

a la demanda general de hay que consumir producción

y por ende trabajar por el privilegio de consumir…

Jack Kerouac

Contemplo mi mochila deseando interpelarle acerca del siguiente periplo, ahora, hoy que desconozco si algún día podré de nuevo rellenar de algodón aborigen su digestión de tela y kilómetros. Hace tiempo que no viajo, ya cerca de dos años, pero no dejo de colgarme a los hombros, aunque sea en sueños, esta vieja mochila barata, 40 litros de capacidad, muchos menos de los que me he bebido viajando, que albergó en su interior tanta ropa usada, tantos fetiches vacuos, tantas heridas sanadas con ungüento de cruce de caminos, demasiadas vidas cruzadas, y un número indeterminado de besos con la fecha de caducidad impresa en el envoltorio de sus labios.

Así que, de nuevo, tomo entre las manos aquel viejo libro de Kerouac. Paso sus páginas con la pretensión única de hallar una frase que me obligue a detenerme, hacer un alto en el camino. Y lo que encuentro es el pedazo de tela de caftán que mis dientes destejieron de la noche de tu piel. Venía yo de celebrar en soledad el último día del año, en un restaurante aledaño al puerto de Tánger. Atlantique se llamaba, aquel decrépito mesón en que el dueño aún se daba aires de grandeza recordando viejos tiempos. El kefta estaba algo crudo, y el barro del tajine sólo era decorativo, saltaba a la vista que había sido recalentado en un microondas. Pero al ser lugar de entrada en la ciudad para muchos turistas, se podía permitir el lujo de pagar los impuestos por venta de alcohol, y servía Speciale Flag –lo sé, la peor de las cervezas magrebíes- realmente fría y, lo que es mejor, botellas de Guerrouane tinto que no había que esconder. Allí reposó, sobre la mesa, una de tales botellas, ensombreciendo la claridad rosada de unos pedazos de carne picada excesivamente crudos. Luego su interior perdió presencia, y la sombra que ya no proveía dibujó sombras chinescas sobre los muros de escayola de mi mente desorientada. Después salí a las calles pretendiendo encontrarte, sin saber que la fortuna me llevaría a acentuar mi ebriedad entre tus brazos.

Hablé de Kerouac, con el camarero. Me aseguraba, orgulloso, que su padre le había servido innumerables botellas de vino, allá por los años 50 del pasado siglo, cuando el joven profeta beatnik decidió recluir vagabundeos entre los muros de la medina de Tánger. Rememoró las melopeas del poeta estadounidense como si las hubiese contemplado. Kerouac, amigo, siempre borracho amigo, bebía y bebía y bailaba después entre estas mismas mesas, sí, aquí, amigo, en mesa de usted, bebía y luego bailaba y salía a calle bailando, corriendo hacia parte alta de kasbah… ¡ah! Siempre reía, era joven alegre, pero bebía mucho, no es bueno beber tanto, amigo, le sirvo otra copa? Sí, sírveme otra copa, amigo, que esta noche me espera el Magreb en sus labios y no quiero que descubra los míos manchados de miedo.

Brindé por el año que finalizaba y no bailé, como Kerouac, pero sí me reí, a carcajadas, cuando le aseguré al camarero que iba a encontrarte paseando por la medina. Porque sabía que sólo tenía que caminar para encontrarte

Brindé por el año que finalizaba y no bailé, como Kerouac, pero sí me reí, a carcajadas, cuando le aseguré al camarero que iba a encontrarte paseando por la medina. Porque sabía que sólo tenía que caminar para encontrarte. Nos cruzamos frente a un tenderete en que se vendían chucherías y Ray Ban falsas, y conseguimos colarnos en el Hotel Ritz, subir hasta aquella habitación húmeda de cucarachas y avejentada de pertinaz moqueta. La cama estaba limpia, eso me aseguraste. Yo descubría a Miró sobre las sábanas, daba igual, no me importaba, sólo deseaba sentirme vivo como el viejo Jack, apurar la vida entre tus labios, acuchillarte con besos y garras el pecho y la espalda. Tuve que romper el caftán –la ansiedad es mala consejera- y un retazo de algodón añil descansa hoy entre las páginas de Los Vagabundos del Dharma, primera edición, Contraseñas Anagrama, traducción de Mariano Antolín Rato. Luego caminar la noche tangerina buscando un taxi que te regresase al hogar. Y regresar yo al hotel Valencia para coger mi mochila y perderme entre los viandantes en busca de nada. Buscando sólo caminar, estar en movimiento, no quedar varado a la melancolía de haber tenido que despedirme de ti de manera tan atropellada, más aún que nuestro amor, más que mis besos, más, incluso, que mis tragos de vino. El camarero del Atlantique me descorchó otra botella, la tomé entre mis manos y caminé en dirección contraria al puerto, buscando las orillas del extrarradio. ¿Hacia dónde? No lo sé. Tampoco importa. Lo trascendental no es El destino cuando caminar es Tu destino. Por el camino me acogieron, en el interior de un destartalado Fiat Uno, dos jóvenes oriundos de Sidi Kacem, cargados de hash y sonrisa. Me bajé en Asilah y confié en encontrarte de nuevo, paseando la última noche del año por la medina.

Kerouac abandonó el camino por el alcohol, y la vida por una hemorragia interna producto de la excesiva ingesta de aquel. Pero antes anduvo lo suyo, y en Tánger consumió vino y bailó y logró, de alguna manera, que este retazo de caftán que ahora acarician mis dedos fuese a reposar el recuerdo de tu piel entre su prosa bebop y nervio.

Abro la mochila y lanzo en su interior el volumen, pensando que será buena lectura para mi siguiente viaje. Porque nada de malo tiene el estarse quieto. Lo nefasto es no sentirse en movimiento.