Sábado, 16 de Diciembre de 2017 Actualizado: 01:26 h.

El sudor a la moda de Yves Saint Laurent

Fotografía de Yves Saint Laurent tomada por Jean Loup Sieff, genio de la imagen, fotógrafo de moda desnuda y desnudos que no pasarán de moda.
Fotografía de Yves Saint Laurent tomada por Jean Loup Sieff, genio de la imagen, fotógrafo de moda desnuda y desnudos que no pasarán de moda.

LLEVO DOS DÍAS REMENDANDO SOBRE MI PIEL EL DESCOSIDO de camisetas bordadas en sudor y años. Una marea de calor sahariano, dicen, tiene la culpa. La culpa del sudor, claro, no de la antigüedad de las ropas que visto. De eso otro tal vez la economía sea responsable. O la ausencia de ella. O la comodidad, a saber. Porque la ropa, cuanto más vieja, mejor parece atrapar las secreciones de la piel de verano, o más procaz sonrisa dibuja en sus pliegues axilares y otros a los que, de momento, obviaré aludir.

 

Visto estos días retales de algodón en que mi cuerpo dibuja cosmogonías bacterianas y remata obra fina de arquitectura hormonal. Días de trabajar soportando temperaturas de crimen sin juicio y amor bizarro. Días de sexo escaso a pesar de las apariencias. Ya saben, el calor dilata los cuerpos, especialmente los cavernosos, pero es ingrata compañía cuando los ejercicios amatorios exigen su tributo de gimnasia, musculatura y jadeo. Que con este calor, amor, no me apetece, tú entiendes.

 

Jornadas de calor llegado de las arenas del Sahara. Eso dicen, pretendiendo hurtar a la ciudadanía lo que ésta ya ha aprendido: el cambio climático es realidad que nos acompañará hasta que la nuestra sea desahuciada. Evito opinar al respecto, me visto mi vieja camiseta rota, contemplo cómo naufraga en sudor, y recuerdo Marrakech.

 

Y es que paseábamos Marrakech desorientándonos con la brújula de sonrisas lisonjeras con que pretendían hacer caja los mil y un comerciantes de la Medina. Cansados, agotados en su barboteo de lenguas que no conocen pero cuyas consignas dominan, mientras nuestra piel, asaeteada por rayos solares como tridentes satánicos, semejaba más auténtica que el cuero expuesto en los tenderetes. El calor. El sudor.

 

Porque la ropa, cuanto más vieja, mejor parece atrapar las secreciones de la piel de verano, o más procaz sonrisa dibuja en sus pliegues axilares

En Marrakech proliferaban (y aún, imagino) variadas prendas textiles cuyo tejido se veía incendiado por la flamígera la serigrafía de una Y, una S y una L que, parece ser, despiertan la gula consumista en hordas de turistas inmunes a la economía de subsistencia y al golpe de calor. Prendas manufacturadas por el hambre, en talleres clandestinos, que los turistas acumulaban a cambio de un buen puñado de dirhams. Lo importante no es tener, ya, siquiera. Lo que importa es aparentar que se tiene, y más vale falsificación en mano que originalidad en vuelo.

 

Fue en Marraquech que una vieja y casi olvidada amiga (intuyo que el sentimiento es recíproco) me hizo saber que la Y, la S y la L, eran las señas de identidad de un tal Yves Saint Laurent, divo de la alta costura y prócer de los diseños textiles de buen gusto y mejor rédito. Gracias. Lo sé, nunca te di las gracias, lo hago ahora. Después, regresados al hogar que aún no lo era, conecté internet y busqué en Wikipedia. YSL me pareció un niño bien, el listo de la clase, además. O el tonto, pero esto no se lo dije a mi amiga, para evitar que insistiese en su cansino afán de intentar menospreciarme haciendo alarde de su conocimiento de la moda y mi ignorancia acerca de la misma. Luego, investigando más, descubrí aquella foto que le tomó Jean Loup Sieff, para mí, este sí, genio de la imagen, fotógrafo de moda desnuda y desnudos que no pasarán de moda. Y después, tras algo leer (tampoco mucho, no se crean), descubrí que el citado genio francés había vivido no poco tiempo en Marraquech, y que sus diseños más atrevidos incorporaban regatos de sonrisa magrebí. Sí, el modisto (¿o se dice modista, aunque sea hombre?) había acuñado no pocas vestimentas como monedas que se intercambian en la ceguera del zoco, caída la tarde, refrescando el zumo de naranja y las viandas inútiles. Quiero decir que YSL se enamoró de Marruecos y tomó no pocas ideas de la vestimenta humilde de sus más necesitadas ciudadanas para proporcionar relumbrón a su diseño de prendas onerosas. Pues mira tú qué bien. Otro que hace caja a base de revertir primitivismos que son el pan de cada día en modernidades de relumbrón y envidia onerosa.

 

Las mujeres marrakchíes esconden su belleza (Islam obliga) tras apañados paños de tupida tela que poco ayuda a combatir los calores propios de sus tierras de desierto y asfixia. Las mujeres occidentales descubrieron que el caftán es atavío que puede quedar muy chic en las pasarelas de frío y moneda de la capital francesa. Es lo que tienen los genios: logran que lo consuetudinario se transforme en avant garde. Bravo por YSL. Bravo por mi amiga, que aún anda recorriendo mundo para mejor descubrir el verdadero origen de ese diseño que logra enamorar su billetera mientras se siente mujer de mundo.

 

Quiero decir que YSL se enamoró de Marruecos y tomó no pocas ideas de la vestimenta humilde de sus más necesitadas ciudadanas para proporcionar relumbrón a su diseño de prendas onerosas

Yo, hoy, miro la foto que Jean Loup Sieff le tomó a YSL. Contemplo su cuerpo desnudo de niño bien alimentado (cero colesterol, grasa ausente, como en África profunda pero sin hambre de por medio), y comprendo que es el mejor de sus diseños. Nada de ropa. No más diseño que el de sus músculos relajados y libres de sudor. Es lo que tiene desnudarse. No quita el calor, pero lo disimula, y la piel no se resbala por los vericuetos que le esculpe el exceso de transpiración. Igual yo, ahora, que me desnudo y me contemplo en el reflejo opaco de la pantalla del ordenador, sólo para descubrir que así, desnudo, no sudo tanto, que mi cuerpo parece querer escabullirse, como el de YSL en la foto de Sieff, hacia humedades bien distintas. Y es que la piel libre de ropas y sudores, aunque sea la propia, siempre anima los bajos instintos. Contemplo mi pecho escueto, como diseñado por YSL, recuerdo Marraquech, y me descubro soñando con aquella noche en que comprendí que la mejor prenda que tú vestías era la que me deslumbraba al liberar tu cuerpo de la cárcel textil de un caftán que podría haberte llevado hasta cualquier pasarela de moda y sólo logró conducirte a la anticuada pasarela de un camastro abusado de placeres e insomnios.

 

Que yo sólo quería hablar de Marraquech, y de la piel de seda mal bordada con que sus mujeres estiran el llanto del macho en celo y alargan las noches de ramadán para que no les descubra el día, desnudas e inmortales, cual modelos de pasarela francesa decoradas por un genio de las telas. Al fin y al cabo, lo que aquel diseñaba, ellas lo bordaban. Y he de concluir, aunque suene soez, que me la sudan la moda e Yves Saint Laurent.