Jueves, 19 de Octubre de 2017 Actualizado: 02:56 h.

Matisse, o la indigestión de la Musa

Matisse llegó a Tánger con la excusa de viajar, conocer nuevas geografías.
Matisse llegó a Tánger con la excusa de viajar, conocer nuevas geografías.

"Yo no creo ninguna mujer, sino que hago un cuadro"

Henri Matisse

UN TRAZO LOCO Y ÁGIL, COMO DE PINCEL ALCOHOLIZADO, detiene el movimiento que supuran las callejas de la medina de Tánger. En las esquinas se dibuja el viento, inmortalizando adoquines que fracasaron el lienzo de revuelta y hambre de la Historia. Huecos que desaparecen ante la mordida multicolor de las chilabas. Vacíos asesinados por el disparo tornasol de la mercadería urgente. Proporciones que acarician la esquizofrenia en el salpicar de pasos enfundados en babuchas cuero ajado. Los cuerpos cumplimentan el contrato azul limón de acequias en que discurren suicidios de verduras y homicidios de pescado. Violencia pictórica de la calma y el murmullo en el jeroglífico de compraventas, turismos y nada de la medina.

 

Azul en las pestañas del horizonte. Azul… y una breve línea, como de henna adulterada, desordenando las fugas de color que escupe el Estrecho de Gibraltar. Ganas de perder la mirada y la vida en un naufragio de pigmentos vegetales, cada vez que paseo, sin pretender rumbo ni dirección, la confusión pura vida de Tánger. Asumo que no es el color lo que persigo, si no que éste me da caza a mí, y mis pupilas comprenden que la poesía precisa de tonos y lumbres con que aderezar la letra. Marchó la musa. Se deslizó en los lavabos sin papel higiénico de cualquier cafetín aledaño al Zoco Chico. Andará, ahora, adecentando sus digestiones a base de huella dactilar y agua sucia, mientras yo asimilo que no es tan grave, que no hay miedo a la página en blanco cuando el blanco sea sólo un zumbido del malva, en las calles de Tánger.

 

Y Matisse, quería explicar, llegó a Tánger con la excusa de viajar, conocer nuevas geografías. No negaremos razón al genio pictórico por pensar que la musa, en Europa, había decidido darse a la fuga

Igual, imagino, Matisse, aunque no lo confesase, cuando llegó a esta encrucijada de vientos y cerámicas. Que el Mediterráneo lame el pubis de naciones varias es conocido. Pero tal vez sea en esta ciudad donde potencia los movimientos de su lengua, azuzada por el embate feroz del Atlántico. Por eso, quizás, le despierta al norte de África orgasmos dormidos con que sacudir brisas y miradas. Y Matisse, quería explicar, llegó a Tánger con la excusa de viajar, conocer nuevas geografías. No negaremos razón al genio pictórico por pensar que la musa, en Europa, había decidido darse a la fuga, tal vez en el excusado de algún tugurio parisino.

 

Pero por aquí camina, aún, el poeta de la luz y el movimiento, persiguiendo féminas de vientre batalla y cabellos tormenta, recogiendo, en la punta de lanza de sus pinceles guerreros, fragores de voluptuoso resplandor con que recomponer la Historia del Arte.

 

Llegó, el pintor francés, a Tánger, y arreciaron los cuerpos de musas dormidas a su imaginación y sus lienzos. Salieron del cuarto de baño, adecentados orificios y caricias, para enfundarse chilabas tras las que dejar latir leyendas, mitos y deseos. Y ahí estaba el artista francés para intuir el rizo de carne de sus cuerpos escondidos y dejar que impregnase sus pinturas de azul voluptuosidad.

 

Cuentan que a Matisse, la musa, se le apareció a los pies de una cama en que convalecía de apendicitis aguda. Aunque tal musa podría haber sido su propia madre, que le trajo pinceles y colores con que ensuciar el tedio de las horas enfermas

Yo, hoy, espero a mi Musa a las puertas del Café Baba. Andará en el aseo, desaseándose de metáforas inútiles y barroquismos enfermos. O fumando kif, tal vez. Observo mi libreta de notas y me abruma su vacío blanco, sin contornos, sin fondo ni volumen, sólo blanco en espera del puñetazo de tinta que le desperece el silencio. Miro al frente y me sorprende la mirada de una joven, azul en su hermetismo solitario del paseo al mediodía en busca de viandas legumbres azafranes cilantros evasiones que le hagan traspasar el umbral de la vivienda en que, al poco, desaparecerá su aroma de higiene escueta y sudor goloso. Olvido a mi musa. Que se quede, a ser posible, encerrada en el cuarto de baño del Baba. Hay color en estas calles y en los ojos miel profunda de la joven que ha pasado frente a mí como para que la inmortalice en lienzo obsceno. Tal vez Matisse, aparte la luz y el color, contemplase a la misma joven y decidiese desvestirla de ropajes y neutros para pintarla de azul, por siempre, la piel y el movimiento. Azul. Como el Mediterráneo. Como el frontal de algunas viviendas. Como el guiño de los cielos en las cuentas del rosario que un anciano morabito desordena entre sus dedos. Tal vez, ya digo, la musa nunca marche y sólo juegue a esconderse, cuando sufre ardor de estómago, en la arquitectura de cañerías y grifos de cualquier cuarto de baño. Después escapa, como en las películas noir, por el ventanuco trasero, y regresa a las calles disfrazada de distinta.

 

Cuentan que a Matisse, la musa, se le apareció a los pies de una cama en que convalecía de apendicitis aguda. Aunque tal musa podría haber sido su propia madre, que le trajo pinceles y colores con que ensuciar el tedio de las horas enfermas. Después, pasados los años, inventó fauvismos y otras salvajadas, apéndices de color, ritmo, y movimiento con que desordenar el alimento de aquellos que nos dejamos la vida persiguiendo la Belleza. Todo para comprender que, al fin, ésta, tal vez, sea sólo producto de una mala digestión.