Sábado, 16 de Diciembre de 2017 Actualizado: 01:26 h.

Luis Eduardo Aute y los corazones expatriados

El cantautor, poeta y pintor español, Luís Eduardo Aute.
El cantautor, poeta y pintor español, Luís Eduardo Aute.

UNA CADENCIA DE TRINO Y UN MURMURAR DE VIENTOS el horizonte, a la caída en desgracia de una tarde que no recuerda su nombre. Unos cuerpos desvencijados en tropel de acordes, perdiendo el hilo de lo acontecido en filigranas que mudan su piel de canción. Un ritmo, una distancia.

 

La distancia que toma tomar un ferry en las costas gaditanas y apedrear con despedidas el espejo del oleaje. El ritmo de marea traicionera que desplaza tu cuerpo sobre 14 kilómetros sembrados de agua, cadáveres y gaviotas.

 

Y es que tan sólo 14 húmedos kilómetros separan Europa de África, España de Marruecos, Algeciras de Tánger. 14 es una cifra que puede convertirse en espanto o regocijo, dependiendo quien la tenga en mente. Regocijo del viajero que recupera eso llamado vida, por desembarazarse horas de tedio laboral y cotidiano. Espanto del inmigrante que expone sus músculos a la acuática gimnasia del Estrecho de Gibraltar, por desembarazarse horas de muerte y futuro que no existe. 14 kilómetros, no más.

 

Y los cruza el poeta cruzándose en el camino con la poesía cruel de las vidas perdidas.

 

Aute decidió poner tierra y mar de por medio, hace años, en busca de la inspiración que, caprichosa, le preparaba tierna frazada en las callejas del zoco tangerino

Luis Eduardo Aute decidió poner tierra y mar de por medio, hace años, en busca de la inspiración que, caprichosa, le preparaba tierna frazada en las callejas del zoco tangerino. Así nació, queremos suponer, Slowly, aquel delicioso long play (disculpen la terminología vintage) con que el artista émulo de Da Vinci pretendió sacudir las conciencias de aquellos desmemoriados compatriotas en cuya mente sólo existían kilometrajes de mar gruesa y allende los ídem, que Marruecos es sucio, y los moros unos maleantes, y acosan a nuestras mujeres, y hoy ahora ya ponen bombas y tenemos más miedo del que sufre que del que hace sufrir. Slowly, despacio, calmada travesía de los 14 kilómetros. Porque a Tánger hay que llegar en barco, ya lo decía Brian Jones en Los Cuadernos del Hafa. Y así, de idéntica manera, slowly, despacio, cruzó el Estrecho la estrecha osamenta de ese hombre que quiso ser músico para mejor amar a la mujer, ese músico que quiso ser hombre para mejor recordar al igual su temporal condición de amante malherido.

 

Migramos por necesidad, no por gusto, no hagan caso de las prédicas televisivas de tantos españoles por el mundo, que el español sólo hace patria en idéntico lugar dónde la hace el magrebí, el subsahariano, el andino… familia, amigos… hay quienes lo llaman nación, allá ellos. Y bien lo sabe el cantante que cuando niño miraba al mar, desde su Manila natal. Tal vez por eso decidió hacer momentánea patria en las callejas de la medina de Tánger, y vagamundear sus laberintos de zócalo inexistente y añil acomplejado, tarareando y sufriendo canciones de Jacques Brel, hasta dar con sus huesos en las esterillas de aroma rancio y tabaco de segunda mano de El Cuarto de los Veteranos, en el Hafa Café. Allí se atrincheró, la mirada perdida en la perdición del hachís y la somnolencia de un ocaso que abre fauces para devorar dos mundos, decidido a resistir las batallas del tiempo con un beso por fusil.

 

Que migramos por necesidad, sí, no se dejen engañar, no hay El Dorado lejos del abrazo del ser amado, ni aventura que no mengue ante la gigantoscopia de la añoranza. Todos necesitamos descanso y un hogar al que regresar. Un hogar con paredes de abrazo y suelos de canción, aunque sea ésta de amores truncados.

 

Que migramos por necesidad, sí, no se dejen engañar, no hay El Dorado lejos del abrazo del ser amado

Me siento en una de las desvencijadas sillas del Café Hafa, enciendo un porro, contemplo la fotografía de gaviotas que coloca el cielo en la pared de su salón, y descubro España allá, a lo lejos, a 14 kilómetros, mientras las mareas cantan la epopeya fúnebre de las barcazas sin dueño y las pateras con hambre. Aute, a mi lado, descose una sonrisa de vencedor vencido venciendo las ganas de correr tras Mick Jagger que, colina abajo, se despeña de amor con una mujer ojos de kohl y suspiro de celo. Finalmente, prefiere aletargarse bajo el cielo protector para componer otra canción con que dar punzada firme a la costura de lo eterno.

 

No me atreví a preguntárselo, pero dudo que visitase Marruecos por gusto. Quizás lo hiciese por necesidad, como todos los migrantes: necesitaba encontrar la letra de una canción que ya sonaba en sus oídos desde tiempos inmemoriales. Por mi parte, puedo asegurarles que no marché a Marruecos buscando el amor soñado, si no huyendo de un amor que sólo se atrevía a decir el nombre de otro. Y es que migraciones del corazón son migraciones forzosas. Como todas, ya lo he dicho. Luego, la vida, tal vez decida premiar tales éxodos. Al poeta no sé… pero a mí sigue premiándome en cada nuevo trayecto.