Sábado, 19 de Agosto de 2017 Actualizado: 17:56 h.

Francis Bacon, o la fiebre

El pintor británico Francis Bacon fotografiado por John Deakin.
El pintor británico Francis Bacon fotografiado por John Deakin.

LA PRIMAVERA HA LLEGADO DISFRAZADA DE VERANO. Enseguida, imagino que por aburrimiento, ha decidido desnudarse. Así está mejor, más bella y palpable. Pero claro, obvio, ha cogido frío. Y con ella, más de uno, yo entre ellos. Pasamos buena parte del año asomados a la azotea de los calendarios, por ver si brotan flores del asfalto, o cae alguna maceta que suicide a un transeúnte y, de paso, al devenir cruel y exacto de lo cotidiano. Y casi sin darnos cuenta, cuando ya estábamos a punto de desistir, los cielos destierran nubes y enardecen los termómetros. Ha llegado la primavera, y casi siempre nos coge desprevenidos, atareados en botones de chaqueta vieja y manecillas de reloj atrasado. El cuerpo no se acostumbra.

 

Mi cuerpo, hoy, se encuentra acribillado de escalofríos. Mis vísceras florecen floras que uno no desea. Mi carne se descompone, descuartizada por mantas y termómetros, sobre el sofá del domingo. O sea, que la primavera llegó pisando fuerte, pero la suplantó, de inmediato, el brusco pisotón de vientos que se dirían británicos, de tan fríos.

 

Será el temblor feroz de la enfermedad, o el deseo de partir de nuevo, lo que me invita a cerrar los ojos y soñarme en Tánger, esquivando esos charcos de la medina en que se autolesiona la luna. Nada tan poco británico, así evado la sensación glacial de mis dolencias, y recuerdo que también Francis Bacon, aquel artista dublinés que amedrentaba al lienzo con pinceles como bisturíes, decidió evadir las ventiscas de su isleño origen para recluir pinceles, sexo y angustias en el laberinto tangerino.

 

Será el temblor feroz de la enfermedad, o el deseo de partir de nuevo, lo que me invita a cerrar los ojos y soñarme en Tánger, esquivando esos charcos de la medina en que se autolesiona la luna

El pintor acudía al Dean’s para acompañar, como un caniche asfixiado en rubíes lo hace con su atildada dueña, a su amante Peter Lacy, sádico y perverso personaje que sometía a Bacon a los suplicios de la carne, sólo o en compañía de otros. Sordidez en las estancias de viviendas como dentadura cariada por el dulce del tiempo, en Tánger. Puedo imaginar a Bacon desvencijado sobre un camastro de muelle y lana gruesa, despedazado su cuerpo en un grotesco quejido de orgasmo culpable. Luego despertaría, pasearía Tánger, compraría pinturas, y regresaría al hotel para investigar nuevos crímenes de la carne, cual infortunios de virtud en plan Sade, en las rendijas ocultas de sábanas y paredes. Hoy, yo, con la fiebre equivocándome las entrañas, parezco un cuadro de Bacon.

 

Revuelvo mi cuerpo y mi memoria, y aunque la carne me duele, añoro ese otro dolor que la fustiga cuando tú, amor, tiendes ante mí el suspiro de leche y miel de tu vientre, como lienzo sobre el cual debo yo extender los pinceles de mis labios. Me duele el cuerpo, ya digo, la enfermedad. Y me duele la carne al sentirla tan tensa bajo estas ropas que, lejos de enmendarla, exacerban mi fiebre. Pesadilla de la temperatura. Sueño ebrio del deseo. Todo junto, mezclado, en un vaivén masoquista de irrealidad dolorida.

 

Nadie como Francis Bacon supo conjugar con sus pinceles los verbos intransitivos que nos equivocan el apetito. El deseo como daño. La carne como altar de misa negra. El dolor como exacerbación de los signos vitales. Es seguro que el atormentado artista halló inspiración en las calles de Tánger, en las más sucias y oscuras, en los tenderetes que ofrecen una cuchillada de sombra a los cuerpos desollados de corderos listos para el consumo, en el afilar estiletes de los matarifes huraños. Después pintaría sus “figuras con carne”, que dicen inspiradas en “El buey desollado” de Rembrandt. Yo prefiero pensar que no hubo más inspiración que las carnicerías de la medina tangerina, tan estéticas en su bodegón de sacrificio y hambre atrasada.

 

Porque en Tánger canta el muecín y un cordero es degollado, con sus ojos pánicos intentando contemplar la Meca. Después, el matarife desmiembra su cuerpo, y cuelga de ganchos oxidados las dos mitades en que queda seccionado, exponiendo su costillar de alimento enfermo a la vista de los transeúntes. Francis Bacon, por ejemplo. O yo mismo, que tantas veces intenté raptar con mi cámara fotográfica a la dulce virgen del sacrificio.

 

Nadie como Francis Bacon supo conjugar con sus pinceles los verbos intransitivos que nos equivocan el apetito. El deseo como daño. La carne como altar de misa negra. El dolor como exacerbación de los signos vitales

Qué bien sabría retratar, Bacon, esta pesadilla que la fiebre me alimenta para imaginarte desnuda, tendida ante mí, con tus piernas extendidas cual cordero asesinado, tu mirada vuelta del revés por querer buscar la Meca irreverente de mi sexo, mientras te secciono la garganta con un mordisco que sabe a licor y azaleas. Bacon retrató la enfermedad de la carne mejor que nadie. Yo, hoy, retrataré sobre mi vientre algún pedazo de carne tuya, cuando me vierta febril y doliente, bajo las mantas, mientras te sueño. Te sueño y paseamos Tánger contemplando los expositores de mosca y carne dormida de las carnicerías. Luego hacemos nido en una pensión de palangana y camastro. Tú me besas, y yo interrumpo el murmullo de tu saliva para hablarte de Francis Bacon, de cuando habitaba Tánger martirizado por la enfermedad de la carne. La fiebre, o sea.

 

Peter Lacy se suicidó en Tánger. Bacon retrató el dolor de aquel nuevo sacrificio de vísceras y orgasmo. Yo, hoy, me suicidaría entre tus labios. Ya tendrías tiempo tú, después, de retratar mi fiebre y bailarla entre tus dedos cual último tango en París o primigenia pincelada del vértigo.

 

Y es que la fiebre es vértigo en que se acomodan las pupilas del que observa la vida como si no hubiese otra.