Jueves, 27 de Julio de 2017 Actualizado: 17:32 h.

Socotra: Una reliquia cultural arábiga bajo el prisma de Jordi Esteva

Jordi Esteva es uno de esos escasos sujetos de nuestro mundo contemporáneo que se empeñan tozudamente en volver a encantar la gris realidad sin asomo de nostalgia por el pasado. Desea, con fe de neófito, hallar la poesía del mundo, cada vez más oculta por la preeminencia de la luz de los reflectores que nos ciegan a los humanos tanto como a la vida natural. Pier Paolo Pasolini llamaba metafóricamente a este proceso “desaparición de las luciérnagas”, por los insectos que sólo existían brevemente en las noches de verano, cuando en la oscuridad proyectan su fluorescencia. Los reflectores de este gran lager que es el mundo actual habrían terminado con la oscuridad que amparaba a las luciérnagas. Hay quien dice que a pesar del pesimismo de Pasolini hemos de volver a ver estos reveladores insectos, que siguen estando ahí aunque nos pasen desapercibidos, para no perder la esperanza.

Achatados por el empirismo muchos antropólogos –no todos, evidentemente– mantienen a machamartillo una concepción plana del mundo, y con ello arrastran a sus particulares universos

Esta disquisición me lleva a un reproche que ciertos de mis colegas antropólogos han hecho en alguna ocasión a Jordi Esteva: “Eso que usted nos dice que ha visto no existe”. Sobre todo me contaba nuestro autor que se lo espetaron cuando estrenó el documental Retorno al país de las almas, sobre el animismo akán. Como conozco el medio antropológico y su falta de poesía para entender lo que tiene delante, asfixiado por el angustioso deseo de asemejarse a una “ciencia”, no me extraña en absoluto este reproche. Achatados por el empirismo muchos antropólogos –no todos, evidentemente– mantienen a machamartillo una concepción plana del mundo, y con ello arrastran a sus particulares universos. Recuerdo, sin ir más lejos, que cuando se visita la casa del gran positivista Auguste Comte en París, en la rue Monsieur le Prince, tienen el detalle de enseñarte la mesa donde le daban los ataques cerebrales al maestro contemporáneo de las ciencias sociales, abrumado puede ser por tanto deseo de claridad racionalista. Paradójicamente el cartesiano padre del positivismo acabó allá, en su piso, fundando una “iglesia positivista” con todos los misterios de cualquier otro culto, los cuales él mismo oficiaba. Olvidan mis colegas además que los grandes de la antropología, como Lévi-Strauss, poseídos por la voluntad racionalista a la vez eran conscientes de que a partir del ejercicio inmoderado de la razón se puede levantar otro mito irracional. En este punto, me viene otra vez a la memoria el cineasta y poeta Pasolini, que escribió frecuentemente en clave antropológica, haciendo uso incluso de la palabra antropología para llevar a término sus análisis de las mutaciones culturales de la sociedad de su tiempo, pero a quien casi todos los antropólogos italianos lo rechazaban. Se ha dicho justamente que “Pasolini amaba la antropología, pero la antropología no amaba a Pasolini”.

Más allá de esta anécdota, hemos de señalar que a Jordi Esteva le costaría trabajo auto adscribirse a una profesión o saber. Podría ser periodista y arabista a la vez[1], o fotógrafo, escritor de literatura de viajes y hasta cineasta también. Para mí, Esteva, descartado que sea un “antropólogo” –a Dios gracias–, es un hombre de la cultura, simplemente, que emplea polivalentemente diferentes técnicas a su alcance para transmitir un mensaje. El suyo es el de hallar el encantamiento poético en lo real. Encuentra el lado mágico de los hombres, lugares y cosas, por ese orden, sin caer en el vicio extendido y tan enemigo de la antropología que es la nueva espiritualidad. Ahora sí hay coincidencia entre su manera de ver las cosas y la de la antropología. Porque Jordi Esteva es un refractario a las espiritualidades en curso, que mantiene la cabeza fría frente a las tentaciones del “sentimiento oceánico” –Freud llamaba así a la sensación de plenitud, falsa plenitud mística en las experiencias exóticas– que acaba capturando a tanto ingenuo para la New Age. Siendo un hombre que habla fluidamente el árabe, y que trabajó y vivió por muchos años en Egipto, no ha quedado absorbido, por ejemplo, por el Islam cultural, como los neomísticos que siguieron los pasos de René Guénon. Al contrario, frente a la iconoclastia fundacional de ciertas visiones del Islam, mira y ve los sustratos culturales que se acumulan en las sociedades bajo su hegemonía, desde los komián animistas de los akán de Costa de Marfil[2], hasta los restos del oráculo de Amón en los desiertos egipcios[3]. Sólo por este afán de desvelarnos el fondo cultural plural de pueblos que hoy tenemos tendencia a enmarcar en la iconoclastia islámica más radical, su esfuerzo merece todo el reconocimiento.

Siendo Esteva un hombre que habla fluidamente el árabe, y que trabajó y vivió por muchos años en Egipto, no ha quedado absorbido, por ejemplo, por el Islam cultural, como los neomísticos que siguieron los pasos de René Guénon. Al contrario, mira y ve los sustratos culturales que se acumulan en las sociedades bajo su hegemonía

Para verificar esta ecuación poético-racionalista que encarna Jordi Esteva: a los estudiantes de antropología les encanta su obra. Cuando lo invité a mi universidad hace pocos años lo acogieron con pasión. Por algo será. Vieron en él, quiero interpretar, lo que ya proclamó desnudamente en Los árabes del mar: una vocación aventurera, rimbaudiana, entrevista tras las sábanas blancas sobre las que se proyectaban en su infancia imágenes de películas de lugares remotos, e incluso vislumbrada a través de la figura paralela a estos ensueños fílmicos de un tío suyo, cazador profesional en África, el cual acertó una vez a cruzarse en Somalia en el origen de su propia carrera de cazador de sueños[4]. Onirismo adolescente que no lo ha abandonado nunca, como un persistente inconsciente siempre presto a emerger tras cada nueva experiencia viajera.

En el 2011 Esteva, volviendo sobre sus pasos de aventurero indomeñable, nos relató con suprema maestría su primer viaje a Socotra[5]. O sea sobre la lejana isla de Socotra, situada en el Índico, en el camino de los marineros que siguieron la senda de Simbad.

Quería ir por mar a ella, como los antiguos navegantes griegos, hindúes, árabes o portugueses, pero tras esperar en Adén un barco que nunca llegaba, acabó por tomar un avión convencional. Fue un primer choque con entre realidad pedestre y la fantasía del viajero, que no nos oculta. Pero, el contacto en el aeropuerto con los jaleosos socotríes, que el piloto difícilmente podía mantener quietos en sus asientos si no es con amenazas, ya le indicaba lo especial de la aventura en ciernes. Los socotríes habitan en su paisaje telúrico presidido por la omnipresencia del árbol drago y otras raras especies, atracción de los botánicos. Hablaban entre sí los habitantes de Socotra, sobre todo los de las abruptas montañas del interior, un lenguaje casi adámico, vinculado al legendario reino de Saba; lengua destinada con certeza a perecer bajo el impulso de la globalización lingüística, necesariamente homogeneizadora. A los socotríes en particular les amenaza el árabe culto o fusha, que se exporta desde Arabia junto a la versión wahabí del Islam. Jordi Esteva nos ofreció en ese relato del 2011 un cuadro de sujetos, paisajes y naturaleza, que lo inducían siempre al ensueño, a abstraerse en los sueños infantiles de mundos fantásticos, y a pronunciar a las claras con ingenua satisfacción: ¡qué felicidad!

Los socotríes habitan en su paisaje telúrico presidido por la omnipresencia del árbol drago y otras raras especies. Hablaban entre sí los habitantes de Socotra un lenguaje casi adámico, vinculado al legendario reino de Saba (...) un cuadro de sujetos, paisajes y naturaleza, que lo inducían siempre al ensueño, a abstraerse en los sueños infantiles de mundos fantásticos, y a pronunciar a las claras con ingenua satisfacción: ¡qué felicidad!

Pero los socotríes, ¡oh, segundo choque con la realidad real!, no conocían nada del ave Roc, cuya leyenda a Esteva le sugestionaba. Las fuentes antiguas decían que en su isla habitaba aquel monstruo volador que dado su gigantismo era capaz de llevar entre sus garras a un elefante, o al mismísimo Simbad. A falta de historias fabulosas acabó siendo él quien se las contaba, extraídas de Simbad, a sus amigos, que lo escuchaban embelesado, y les pedían más cada atardecer. Animados, los socotríes, con fama bien ganada de magos y nigromantes, comenzaron a contarle historias fabulosas como las del ámbar gris, que se encuentra en el interior de las ballenas, y que puede volver rico a cualquiera que lo encuentre, aún hoy día.

Socotra se ha librado hasta ahora de la plaga del turismo por al aislamiento político que trajo consigo el implacable régimen comunista yemení. Hace poco, en una visita a Bahréin, me condujeron a un centro de la Unesco encargado de la protección de la zona del golfo arábigo, y lo primero que encontré al entrar fue unos paneles sobre Socotra. Dice Esteva, que en parte esta protección, de carácter naturalista, por la extraña vegetación isleña, presidida por el drago, árbol de savia roja conocido en la Antigüedad por sus propiedades para cauterizar las heridas, ha permitido la milagrosa supervivencia de la incontaminada Socotra, después de la caída del sovietismo. No obstante, ahora los jeques del golfo tienen puesta la mirada en la isla allí para instalar sus resorts exclusivos. El tiempo dirá lo que resiste Socotra al empuje del dinero fácil, gran señor del mundo.

Pocos años después Esteva, una vez publicado con éxito el relato del primer viaje, Jordi Esteva volvió a sentir la llamada nostálgica de los felices días vividos en Socotra, y se embarcó en una nueva aventura: hacer una película documental. El resultado es un volumen de fotografía con la película documental adjunta[6]. Comenzando por las fotografías: las instantáneas del libro fotográfico de 2016, como las que acompañaban al texto primero de 2011, pero ahora en mayor calidad de reproducción, corroboran el brumoso onirismo de Socotra, en los confines del mundo pensable.

He aquí técnica y ética encabalgadas en voz propia de Jordi Esteva. Sus palabras bastan:

En Socotra decidí fotografiar en condiciones difíciles de luz, sin trípode ni por supuesto flash o luz de apoyo. Me daba igual que la foto saliera borrosa o movida porque quería captar las sensaciones oníricas que estaba teniendo, como de haber conseguido penetrar en uno de esos libros de mi infancia que mi padre guardaba celosamente en su biblioteca. Sin embargo, no me resultaba exótico lo que vivía. De hecho parecía como si hubiera viajado al pasado, a la tierra de nuestros ancestros (…) Para captar aquel mundo antiguo, que sorprendentemente se mantenía incólume a tan sólo dos horas  de la futurista Dubái, fotografía en película analógica en blanco y negro con una única lente, la más cercana al campo de visión del ojo humano. No forzaba las situaciones, ni robaba imágenes”.

Nada de esto le lleva a sustraernos, por otro lado, que Socotra, tras el régimen comunista, vive ahora una profunda islamización de obediencia wahabí. El punto en común entre uno y otro mundo, el pre-islámico y el islámico, son los genios o yenun, cuya existencia reconoce el Corán, y también los socotríes en su existencia diaria

El resultado obtenido por Jordi Esteva, fue, amén del libro fotográfico, un documental excelente, que anda cosechando éxitos merecidos. La clave, amén del tema, ya de por sí extraordinario, es la objetivación que hace la película de la híperrealidad socotrí. Para lograrla, Esteva, sin gran aparataje técnico, ni siquiera emplea banda sonora ni voz en off descriptiva como fondo, que enmascare el paisaje sonoro o que doble lo que los ojos mismos ven, sino sólo sonidos naturales, subtítulos a las explicaciones en socotrí, y cortas explicaciones o citas de clásicos interpolados entre las escenas, como en el viejo cine mudo. A través de las imágenes y los diálogos comprueba el espectador no sólo lo ctónico del lenguaje socotrí, sino también la persistencia en la estratégica y aislada Socotra de las creencias preislámicas, inclusive cristianas, ya que la isla estuvo habitada por griegos convertidos al cristianismo hasta muy avanzado el tiempo histórico.

Nada de esto le lleva a sustraernos, por otro lado, que Socotra, tras el régimen comunista, vive ahora una profunda islamización de obediencia wahabí. El punto en común entre uno y otro mundo, el pre-islámico y el islámico, son los genios o yenun, cuya existencia reconoce el Corán, y también los socotríes en su existencia diaria.

Volviendo al inicio: resulta curioso que en un mundo de tanta movilidad, pocos sean quienes hayan sido capaces de aventurarse en estas aventuras oceánicas a lo Jordi Esteva, para deleitarnos con unos productos de alta poesía, y por ende ética,  que satisfagan nuestros indeclinables deseos de ensoñar.

 

[1] Jordi Esteva. Mil y una voces. Madrid, El País/Aguilar, 1998.

[2] Jordi Esteva. Viaje al país de las almas. Valencia, Pretextos, 1999.

[3] Jordi Esteva. Los oasis de Egipto. Madrid, Lunwerg, 1995.

[4] Jordi Esteva. Los árabes del mar. Barcelona, Península, 2009.

[5] Jordi Esteva. Socotra, la isla de los genios. Girona, Atalanta, 2011.

[6] Jordi Esteva. Socotra. Girona, Atalanta, 2016.