Sábado, 24 de Junio de 2017 Actualizado: 19:03 h.

Una de las cosas que más chocan, al menos hasta ahora, al llegar a Irán, tras superar el grandísimo escollo del visado para penetrar en el país, es la ausencia de tarjetas de crédito, y que sólo con billetes de mal papel con la efigie estampada de Jomeini haya que pagarlo todo, absolutamente todo, desde una chuchería hasta un billete de avión. He visto a viajeros perdidos por su incredulidad, con sus inútiles tarjeteros y sin un rial –la moneda que se mide en millones– o un tomán –más discreta en los ceros que lleva– en el bolsillo. Signo inequívoco del aislamiento a que este secular país ha sido sometido por la comunidad internacional. Hablando de dinero: éste no parece correr la misma suerte que en otros países del entorno. Un amigo me susurra que no intentes darles una propina a un iraní porque se interpretaría como una grosería. Otros, probablemente más realistas, arguyen que esto no ocurre que porque existen muchas cámaras de seguridad que vigilan la moral. Probablemente serán las dos cosas. Resulta cuanto menos todo un exotismo su relación el rey del mundo, don dinero.

El aislamiento, por otra parte, ha dado lugar a que el antiamericanismo sea perceptible en las plazas públicas y en las universidades, plagadas con grandes anuncios que cuentan gráficamente las maldades continuadas y crecientes de los estadounidenses a lo largo de toda su historia. En las madrazas más radicales se relata en una suerte de comics colgados en los patios la, a su modo de ver, siniestra historia del gigante americano. Lo cierto es que toda esta enemistad procede del indebido apoyo norteamericano al sanguinario sha Reza Paleví, el cual ocupa un lugar central en la reciente historia nacional, así como el empuje inicial a Sadam Hussein en la guerra con Irak que desangró el país persa. Cuentan que el sha en el colmo de sus maldades dejaba ciegos de un ojo a los presos políticos y les dejaba marcada la cara. Sus palacios, llenos de espejos hasta el hartazgo que asemejan un preámbulo de sesión psicoanalítica, donde la pesadilla se va a acabar imponiendo reflejando la híperrealidad en los mil y un rincones reflejados especularmente.

Se reclaman como el lugar de nacimiento de los derechos del hombre en el siglo VI antes de Cristo en época de Ciro el Grande, cuando se reconocieron ciertos derechos elementales, vistos desde hoy, a la población

En su haber se reclaman como el lugar de nacimiento de los derechos del hombre en el siglo VI antes de Cristo en época de Ciro el Grande, cuando se reconocieron ciertos derechos elementales, vistos desde hoy, a la población, como atestigua el célebre cilindro del Bristish Museum. Y sobre todo, las fabulosas ruinas de Persépolis se imponen como signo de una grandeza histórica, a la cual quieren deberse y actualizar.  Los persas son orgullosos. Mas, la célebre película de dibujos animados, justamente  titulada “Persépolis”, de Marjan Satrapi pone en carne viva las contradicciones del proceso revolucionario abierto tras el derrocamiento del sha, y cómo los ayatollahs pusieron al final al país bajo una represión equiparable, si bien bajo el signo de la superioridad moral del enigmático martirio chií.

Henri Corbin que durante muchos años, en los sesenta, fuera director del Instituto francés de Teherán, y amigo del gran islamólogo y místico Louis Massignon, sostenía que el islam chií era esotérico. Para llegar al conocimiento oculto hace falta estudio y meditación. En Qom, la ciudad sagrada, estudian catorce mil extranjeros para mollahs y ayatollahs. Son los herederos de los nabis de la Antigüedad, de los profetas. El proceso de islamización de Irán no fue tan iconoclasta como en otros lugares, y las culturas previas  acabaron por sincretizarse con la religión recién llegada. Religión, por lo demás, que nunca barrió del todo a minorías ancestrales como los zoroastrianos –hoy día conocidos como yazidíes–, nestorianos, armenios y hasta hebreos autóctonos. Una cierta calma se percibe en este orden, al contrario de los países circundantes donde los problemas con esas mismas o semejantes minorías son evidentes, quizás por las dificultades para gestionar la diversidad por parte de los nacionalismos en presencia. Siempre he creído que el nacionalismo es una enfermedad más letal para los pueblos que las religiones. En las religiones siempre existe, incluso en las más fanatizadas, una puerta para la piedad -al menos hasta la aparición del yihadismo-, cosa que desconoce el nacionalismo extremo. En Irán tengo la impresión que más que nacionalismo existe un fuerte patriotismo, lo cual explica que se pueda gestionar la diversidad de una manera relativamente correcta.

Una cierta calma se percibe en este orden, al contrario de los países circundantes donde los problemas con esas mismas o semejantes minorías son evidentes, quizás por las dificultades para gestionar la diversidad por parte de los nacionalismos en presencia

Para los iraníes al-Ándalus forma parte de su propia historia imaginaria. No se trata sólo que Jomeini invocara con cierta frecuencia al místico murciano andalusí Ibn Arabí, sino que ellos piensan que una civilización como la andalusí sólo puede haber surgido en contacto con una cultura antigua y refinada como la suya. La miniatura, la escultura, la arquitectura, la poesía, etc., persas se imponen contundentemente por su delicadeza nada iconoclasta. Cuando contemplo el patio de los Leones de la Alhambra, de mi natal Granada, con sus heterodoxas figuras pétreas en la fuente de tal nombre no puede menos que pensar en los que se alzan en las fuentes de los antiguos palacios de Isfahán o Shiraz. Es fácil colegir que por ello durante mucho tiempo se hablase de la hipótesis persa en el origen de las esculturas granadinas. El problema sigue abierto, y nos interpela aún hoy. Probablemente quienes pensaron en el origen persa de los leones granadinos tenían una parte de razón muy importante. La sutilidad espiritual y sus manifestaciones materiales sólo pueden tener un mismo origen, en la elevación mística. Y tanto Persia como al-Ándalus fueron pródigos en místicos. Nos encontramos hoy día, por consiguiente, ante dos polos opuestos donde opera la fascinación de lo lejano. La fabulosa Persia atrae a los andaluces y a la inversa. Siendo más pedestres, a eso lo llamarían los economistas renta de situación. Aprovechémosla.

Irán ahora, gracias a la paz, esperemos que duradera, sellada con Estados Unidos, quiere abrirse a Europa, conjunto civilizatorio que prefieren al eje “bolivariano” tramado con Venezuela de la última década. Los iraníes aprecian mucho algunas zonas del viejo continente como la península italiana o la mencionada Andalucía, y prefieren abrazar las relaciones con Europa, tan castigada y amenazada por el ISIS –sus feroces enemigos en presencia-. Se ofrecen para invertir y que inviertan en ellos. Quieren llevar turismo europeo a sus impresionantes ciudades y ruinas y establecer refinerías de petróleo entre nosotros. Europa asiste con entusiasmo contenido a esta posibilidad, con el fin probablemente de liberarse de algunas ataduras internacionales excesivamente pesadas, que tenían a Europa acorralada. Pero hay quien no desea este abrazo y van a poner todos los obstáculos posibles. Deseable con la prudencia debida. Por un lado los radicales israelíes, por otro los no menos radicales wahabíes saudíes. La reciente crisis con la familia Saud, locos de celos, no es otra cosa que una provocación en vísperas de ese reencuentro de Irán con Europa, con Estados Unidos de relativo deus ex machina.

El camino, por el momento, está medianamente expedito, hace falta, no obstante, que los negocios vayan acompañados de un profundo conocimiento cultural mutuo entre el islam chií, soporte de la diversidad cultural persa, y la laicidad europea, de orígenes cristianos, para que se pueda establecer un diálogo fecundo y suscitar una simpatía mutua. También hará falta que los derechos humanos sean una realidad tangible en la antigua Persia, cuna del concepto. En la “segunda cuestión de Oriente”, como dice mi querido amigo Víctor Morales Lezcano, se abre una pequeña puerta a la esperanza. Pequeña pero firme y que promete ser duradera. Ojalá sirva para alejar los conflictos y no traer otros.