Domingo, 30 de Abril de 2017 Actualizado: 02:16 h.

De los cultos compartidos a la ciencia secularizada

En nuestros días se ha puesto de moda una ascendente y peligrosa tendencia: marcar las distancias entre las diferentes creencias monoteístas. Si la década de los setenta, por ejemplo, fue la del diálogo islamo-cristiano, como también la del debate con la ciencia o el marxismo entre otros saberes, ahora todos los indicios conducen a corroborar las distancias insalvables que se van construyendo entre las religiones de un solo Dios.

Si la década de los setenta fue la del diálogo islamo-cristiano, ahora todos los indicios conducen a corroborar las distancias insalvables que se van construyendo entre las religiones de un solo Dios

De ahí que el año pasado el Museo de las Civilizaciones de Europa y el Mediterráneo de Marsella (MUCEM) tuvo el acierto de realizar una exposición, bajo la dirección de profesor Dionigi Albera, sobre lugares compartidos de culto en el Mediterráneo, exposición que tuvo un éxito inusitado de público. Al margen de las bondades de la propia exposición está claro que con su éxito la gente común sigue indicándonos el anhelo, casi angustia, de encontrar la quietud personal, la calma social y la paz cultural en los lugares compartidos no conflictivos. No se puede entender de otra manera, sin ese deseo, el éxito de la exposición más allá de sus seguros valores museográficos. Ahora bien, más allá de la historia esto ocurre hoy día en un ámbito estrictamente secularizado como es el museo, el moderno templo de la espiritualidad. No puede ocurrir en ningún espacio de culto. Los atisbos dialogantes en el terreno de las formas arquitectónicas que existían antes, tales como claustros de estilo islámico en catedrales cristianas, como el de la ciudad italiana de Amalfi, o basílicas convertidas en mezquitas como santa Sofía de Constantinopla, o sinagogas de estilo morisco como las llamadas andaluzas de Praga y Budapest, y que se correspondían con formulaciones dialogantes y mixtas del espíritu, no se dan actualmente.

Nos quedan recuerdos de cultos poco conocidos como los de los durmientes de Éfeso, estudiados con primor por el gran arabista Louis Massignon, leyenda procedente en la Antigüedad tardía de la ciudad Éfeso, que hace alusión a siete sujetos que quedaron profundamente dormidos cuando en el mundo había una religión y que al despertar de su sueño, se supone que siglos después, encontraron que éste había cambiado de creencias. La cueva de los siete durmientes de Éfeso como un signo de los tiempos se encuentra en ruinas. Pero lo que a nosotros importa es que la leyenda siendo de origen cristiano sin embargo también está recogida en la sura XVIIII del Corán. Vivencialmente esta narración la he encontrado, verbigracia, en una rábida presidida por los estandartes de la zawiyas sufíes, del interior montañoso de Túnez, que amparaba su sombra siete grandes tumbas de otros tantos durmientes. Igualmente hallé sus rastros en uno de los centros del patrimonio marroquí, en la Chellah de Rabat, donde además antiguas tradiciones señalaban que el san Juan bíblico estuvo enterrado en uno de los morabitos que allí se veneran y que cuidan aún expertos guardianes chorfas, es decir descendientes del Profeta.

Hay quien echa en falta los politeísmos de la Antigüedad, integradores y no proselitistas, para volver a encontrar el hilo de los lugares compartidos

Los espacios de transición, pues, no han sido excepción, ni mucho menos, en el pasado, pero los monoteísmos en su afán proselitista alentados por una verdad exclusiva que creen encontrar en sus textos canónicos sagrados ahora hacen todo lo posible por olvidarlos. Hay quien, por esta razón, echa en falta los politeísmos de la Antigüedad, integradores y no proselitistas, para volver a encontrar el hilo de los lugares compartidos.

Al día de la fecha, frente a las intolerancias en ascenso sólo puede alzarse la ciudad secular. Ésta está fielmente representada por la vida universitaria, cuya única ley es la ciencia, con sus sofisticados y cartesianos mecanismos de prueba y validación. En la ciencia ciertamente no hay creencia, o debiera haberla cada vez menos. Por eso nos ha producido gran alegría visitar en días pasados las obras de la Universidad Euromediterránea de Fez, un proyecto de ciudad universitaria pluricultural en vías de hacerse realidad en breve plazo bajo el patrocinio del rey de Marruecos con apoyo internacional. Allí se aspira a que acudan varios miles de estudiantes de todos los países que circundan el Mediterráneo, y no solamente los islámicos, recibiendo las enseñanzas más avanzadas, y sin atisbo de concesión a las intolerancias presentes o futuras. Los mecanismos de la secularidad son los únicos capaces de permitirnos avanzar y vivir juntos. De esta forma creemos poder concluir que el diálogo ecuménico de las religiones, tan importante en los setenta, ya no sirve para prácticamente nada y que la ciencia es el único camino para lograr el consenso socio-cultural. Y la vida universitaria, en Marruecos y en España, es el lugar natural para albergar esa ciencia hoy por hoy.